SED TODOS BIENVENIDOS

DESDE MI PANTALLA es un blog que nace con la ilusión de que en él vayan apareciendo mis poemas, algunos ya publicados en Facebook, otros serán nuevos. También aparecerán relatos que ya han sido publicados en otros foros, especialmente en el "Tintero virtual". No tiene otra pretensión que darlos a conocer y que el/la que quiera pueda comentarlos si así es su deseo. Todos los comentarios son bienvenidos.

viernes, 27 de mayo de 2011

BRILLOS AHOGADOS

 Precaria existencia

resbala ciega.

Fondo abisal la recoge

en su cama de arena,

la oscuridad le ofrece

 brillos ignotos,

de almas que escriben sin luz.


Cultivará palabras desamparadas,

 perlas

sin conchas marítimas.

 Serán estrellas fugaces,

pensamientos únicos.


Esperará

 aguas abiertas

 que muestren isla de sol,

mientras ansía llegada

de pescador que

con  mágica red,

rescatará su brillo

oriluciente.


Envolverá la sirena,

con su canto azul,

 medio líquido,

lágrimas de peces

regarán algas de seda…


Llora el mar

al ver a Neptuno

depositar,

 en su borde

suave cuerpo,

estrella caída.

(Publicado en el Tintero Virtual- Año 2005)


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María Villar © Todos los derechos reservados

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(Imagen de Internet)
 

INSTANTE FUGAZ

Vida:

instante fugaz

retenido en papel,

palabra,

cuerpo, 

verdad o mentira,

necesita de esencia

que le dé sentido.

Compartir memorias.


La muerte se estanca,

es pájaro varado,

sin plumas ni alas.

El tiempo reina,

pleno de ideas

de la persona;

entre las horas

la materia desaparece…

enlentecida,

bruma entre árboles,

 aire en la nada.



No existe un código exacto,

en su perfección,


ni manual,

para ser.

Para vivir

me fío de mis latidos,

pasiones secretas,

amores ciertos,

criaturas propicias.



Seré

para mover tu aire,

igual que las aspas

su molino.



(Publicado en el Tintero Virtual- Año 2004)

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María Villar
© Todos los derechos reservados

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(Imagen de Internet)
 
 


jueves, 26 de mayo de 2011

LUNA DE SUBURBIO

Fué su rayo el que hendió la noche, traspasó muros y visillos hasta llegar a mí. Es esa luna suburbial la que me concedió, próspera, el derecho a regresar, cada vez, a contemplar la vida que tuve.

Su halo pesimista que convierte las grúas de los astilleros en catedrales sorprendentes y hasta la imaginación vigila a través de sus vidrieras: el recogimiento de las almas, el temor, la desazón, el misterio y ese aire lúgubre que se revuelve en las primaveras viejas, capaz de hacer girar papel y polvo en torbellinos. Cosas vanas.

Hasta las aves se han detenido en ese tiempo para indicarme cómo puedo volver a traspasar la memoria y volver a amar aquello.

Tengo que saldar una deuda que dejé en otra vida, y debo dirigirme, de nuevo, por determinadas calles, con los pasos perezosos que dejé una tarde, igual que se deja una sombra en un cristal. Todo para perderme del todo.

Conozco tu morada, sé dónde estás. A veces algún peligro merodea mi corazón veloz y es entonces cuando procuro regresar, recoger los espacios íntimos de las lunas dulces o infelices aunque mi razón sea un frágil deseo.

Sé que puedo encontrarte en la orilla, o en aquel horizonte salino al que se dirigían nuestras risas tan juntas y nuevas. Caminar por caminos de mar e ingratitud vigilados por baluartes arruinados que adivinaron, con tristeza, los malos tiempos.

¿Cómo pedir que el tiempo se adapte a mi cansancio? ¿Yo, que perdí a la gente en otras grandes ciudades grises cuando ellas, generosas, me lo dieron todo sin pedirme nada, excepto el paso de mi vida?

No sé por qué motivo mis raíces se ahogan en el aire con un engaño que conduce a la tristeza. Es preciso que busque las rutas que dejé marcadas un invierno y dejar que se me acerque esa avenida profunda, que toque y traspase mi pecho un poco antes de despedirme para siempre.

Puedo percibir si es en este lado, derecho, de la nostalgia o en los pasos sin vuelta de un olvido dónde me duelen la lluvia y los motivos que maduran sueños y distancias.

Así hace la memoria de las humildes lunas antiguas, aquellas lunas de suburbio capaces de traspasarlo todo con su luz, encendiendo los caminos para que pueda dirigirme al lugar donde, lentamente, muere la ciudad de mi vida feliz en la que una vez me diste un beso.

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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Publicado en el Tintero Virtual- Diciembre 2003/ Beso de extrarradio, relato participante en el Concurso Beso de Rechenna 2011, está basado en él)



 
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EL VIAJE QUE NUNCA HICE

El viaje que nunca hice tiene mucho que ver con tu adolescencia perdida y con un tiempo pasado al que me gustaría ir para recuperar la memoria de las sensaciones y ser , así, el heraldo de tu tiempo pretérito.

Parece ser que en tu aldea los inviernos eran duros y era difícil caminar por los caminos llenos de barro.  No puedo imaginarme tu pequeña figura luchando contra los elementos, calzando unos zuequitos y con los libros atados por un cordel; sobre todo ahora que eres un abogado de prestigio y vives en la ciudad.

Viajar por el tiempo hasta tu pasado, soñar, hace que comprenda mejor tus prolongados silencios, algunas veces tan herméticos que duelen. Mi viaje hasta ti tiene que ser sosegado y tierno para que mi curiosidad no quiebre el hechizo de la nostalgia misteriosa que te envuelve.

Ansío saber hacia dónde dirigías la mirada de medio-hombre cuando pasabas la tarde en la era con tus hermanas, a qué sabían las manzanas aquellas que andaban esparcidas por el suelo. No conozco los olores que el viento traía en tus veranos, los paseos en el viejo caballo ciego de tu padre ni el escondite en el que camuflabas la fruta como si fuese un tesoro.

Ser tus ojos antiguos. Ser tu piel  para notar la sensación del agua fría del río en Gabieiras y el sol secándote mientras tú, sentado en la hierba, ves pasar el tiempo vagaroso de las vacaciones. Ser el eco de la voz de tu madre en tus oídos llamándote para la cena y la música que llevas dentro. Mi vida en la tuya.

Pero yo no estaba en ti. Me queda lejos tu despertar masculino, repleto de novedades, y aquella primera fiesta en la que conociste a Covadonguita, la chica que hizo latir tu virilidad hasta convertir tu deseo en un volcán desbordado. Quisiera ser, aquel día, la sensación del roce de la piel suave en tu piel; ser la piel suave.

La envidia de lo que has sido y vivido hace que tenga celos del pensamiento que no me dedicas porque es, un poco, como una traición.

Difícil y largo viaje me propongo, sin una ruta que me indique el rumbo de tu historia y sin conocer mi destino exacto; diviso y presiento la lucha de mi poesía languideciendo contra la tuya en un combate sin final donde el horizonte nunca se alcanza.

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María Villar
© Todos los derechos reservados
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(Publicado en el periódico La Voz de Galicia: Relatos de Verán- Agosto 2000/ Publicado por Editorial Ir Indo, Colección Narrativa Febrero 2001)


 
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LA TABERNA DE LA MUJER-TORMENTA

   ¿Quién no conoció “El Puma”, aquella taberna de chulos y putas en el que podías cenar a las 6 de la mañana después de la farra nocturna y mezclarte con borrachos y proxenetas al amor de unos espaguetis boloñesa o de un cocido reconfortante?
   Ya ni me acuerdo de quién me llevó allí la primera vez pero sí la recuerdo a Ella, sentada en una banqueta de formica, aguantando, asustada, la bronca de su chulo mientras el plato se le quedaba frío. Me pareció casi una niña, menuda, aunque proporcionada, pelo corto castaño y enormes ojos azules. La mano de pintura que llevaba no podía disimular su excesiva juventud.
   Desde la primera vez que fui al Puma ya no pude dejar de ir, sólo por verla a Ella, ni siquiera supe su nombre, aunque supe que sufría; pude verlo en sus ojos siempre a punto de desbordarse, y en el temblor de sus manos drogadas que, poco a poco, fueron haciendo difícil sostener un simple tenedor. Fui testigo mudo de su deterioro. Empecé a sentir asco de aquellos hombres que se le acercaban, semejantes a gatos portuarios, prestos a robar el trabajo ingrato de otros, y dispuestos a saltarte a la yugular con sus navajas afiladas si intentabas inmiscuirte.
   Algunas veces, mientras las estrellas se apagaban en los ceniceros, con la mirada Ella me pedía una tormenta, un milagro que la llevase de allí para siempre y a mí me dolía que se abriesen heridas en su cielo. En los últimos tiempos Ella ya había gastado todas sus madrugadas y su cara era como una luna manchada, creo que ya no buscaba tesoros ni islas en las que descansar. Derrotada, se me antojó una diosa malograda en un tugurio moderno.
   Fue en invierno de este último año. La tormenta sonaba fuera con escándalo barriobajero cuando Ella se levantó y fue hasta la puerta. Fue sólo un instante. Un destello inmenso, como si se hubiera descolgado el sol, la dejó allí fulminada. Al fin la libertad.
   Cerró el bar y el recuerdo de Ella es un escalón de mármol hecho trizas. Desde entonces mis noches se han quedado sin playas para romper el tiempo y las tormentas como aquella vienen a clavarme en la vida el veneno de su traición.

(Publicado en el Tintero Virtual-Año 2002)


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María Villar © Todos los derechos reservados

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miércoles, 25 de mayo de 2011

CARTA PARA UN AMOR

Amor:

No debo decir Amor para no coartarte, para no atarte ni con los más leves nudos que maneja el sentimiento.

Me enseñaste el significado de todo lo que es importante, en tus labios cobraron sentido la tolerancia, la libertad, el amor. Amor, que no quiero decir, que puedo decir todavía, que no debo, aprendí que tener es dar, que se da a cambio de nada y que sólo así se es libre con autenticidad.

La vida es un viaje en el que se cruzan los caminos, los nuestros se encontraron y compartimos la misma senda durante un tiempo, nadie ha tenido la culpa de que, bruscamente, las veredas se bifurcasen. Fue sólo una señal.

 Amor, que no puedo decir, pero quiero, no quiero ver en mí prendidos tus ojos tristes y la frente baja. Te quiero libre, como fuiste, como eres, aún puedo sentirte en lo que me queda de este cuerpo que se mueve sobre ruedas.

La vida, Amor, que no debo decir, sigue ahí, como la libertad, sólo tienes que extender tu mano para notar la suya. No lo dudes, agárrala fuerte, te conmino a que te vayas con ella. Yo ya no podría ser feliz si tu dejaras de ser como fuiste, como eres, una luz  intensa que ahora es mi energía y que seguirá conmigo todo el tiempo. Me has dado tanto que me avergüenza no tener ya nada para darte. No debes de tener miedo, te estaré apoyando en cada paso, recuerda que la voluntad, cuando es firme, supera todas las críticas por malignas que sean.

Te necesito, Amor, libre, para poder iniciar un nuevo trayecto y fortalecerme, para lograr hacerme visible, otra vez, ante la gente que sólo ve mi prisión de ruedas. Te necesito, Amor, libre, para que me veas.

La perspectiva, que teje el tiempo y la experiencia, nos dará unos ojos nuevos para mirarnos en paz, sólo entonces nos sonreiremos y comprenderemos.

Amor, que quiero decir, puedo y debo, te amo y te pido que te vayas.


P.S.: Por favor, Amor, no te olvides de pisar el freno en cada Stop.

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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Publicado en el Tintero Virtual- Año 2002)


 
(Imagen de Internet)
 

AHORA QUE CONOZCO

Ya sé que las palabras de amor no sirven para cometer un olvido, pero me atrevo a pensar en los sentimientos de aquella estación (un verano sin apeaderos) en la que me abandonaste por una experta narradora, una profesional que jugaba con dados trucados.

Te prometió coronas de laureles y bellas ciudades sureñas que, con otro acento, se anunciaban en nuestro cielo, incluso, llegó a prometerte esa luna vagabunda que exige nuestro corazón, como un salvavidas, cuando queda varado en el barro de estas comarcas húmedas y oscuras.

Pienso que no consiguió darte nada de esto y, sin embargo, te fuiste. Perseguiste el sueño suyo, que se hizo tuyo. Yo perdí tu estela.

Por aquel tiempo ansié tener el mismo color de los días soleados, pero todo cambió. La habitación se puso triste durante semanas...meses.... y ya no fue mía aquella claridad en la que nos amamos, dónde los papeles se llenaron con historias semejantes a las que ella te fue contando, aunque, reconozco, que mis musas eran tristes pese a ser tú su inspirador. ¿Existe algo que pueda ofrecerte más que la melancolía de una perdedora? Quizás alguna rima, o un otoño nuevo, unas cuantas aventuras arriesgadas en esas orillas inseguras que ha ido borrando la bruma. Ya no tengo sueños que prometerte.

Ahora que conozco lo mucho que te amé, no quiero tener la fácil venganza de olvidar y abro, despacio, la puerta de la habitación. Me veo sollozando, como una niña, mientras me dices que quieres hacer el amor por última vez, como si fuese una despedida que yo no pacté. Para entonces ya habías tomado la decisión de marchar a conquistar los espejismos escondidos en los lejanos desiertos, soñabas ya con oasis fragantes.

Sin quererte perder y ya estás lejos, mientras, el creciente ocaso dibuja la lejanía en la que habitas, igual que el humo es dispersado por el viento.

Te recuerdo desvistiendo la soledad de tu carne entanto cruzábamos la tensión de nuestras miradas ante la inminencia de ese primer abrazo, que fue el último. Estaba escrito en alguna parte.

Un día, hace ya tiempo, le pedí un único deseo a una estrella fugaz: el último beso que nos da un lugar cuando hemos adivinado que ha dejado de ser el nuestro. Me fue concedido. El principio de la historia llevaba implícito su final. Los astros lo conocían. Yo también.

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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Publicado en el Tintero Virtual-Año 2003)

 
 
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DESPEDIDA DE NAVEGANTES

Las palabras son como esos barcos que pasan nocturnos, conocen bien la hora de las despedidas. Igual que los signos que trazan las estrellas, esperando siempre un corazón sensible que descifre sus canciones más secretas.

El mío es un adiós indoloro, como el de los navegantes, esos que buscan el filo cortante del orto y una costa oscura para anclar en ella una vida de rumbo imposible. Todo porque, en el enredo de las borrascas, fueron tejiendo estelas, recomponiendo las redes que se rompían con cada ola e intentaron dominar los vientos, sus perennes enemigos, que antes circularan como una brisa mansa. No encontraron arena en su horizonte, sólo quimeras.

Encaramado al mástil va siempre un vigía, tratando de ver lo más oculto, pero sin perder el Norte, no es fácil divisar lo que no se quiere mostrar. Desde su barco se han pescado dudas nunca resueltas y esta pesada carga le ha lastrado, inútilmente, hasta que tomó la decisión de dejarlas y continuar sin peso su singladura.

Me despido de este barco que tiene la grandeza de lo fantástico y que lentamente se extingue para dejar libre su espacio. Atrás deja, también, el cansancio del mar al cuidado de sus orillas.

Ahora llevo a mi eterno marino dentro, siempre naufragado, triste y con la nostalgia de unas luces de colores en nuestros rostros. Navegaremos todavía, navegaremos siempre.

Despido a mi barco nocturno, con él algo mío parte.

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María Villar
© Todos los derechos reservados

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(Publicado en el Tintero Virtual-Año 2003)


 
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LAMENTO DE TRISTÁN

  Aparece, como siempre, por el alto de la calle, con su edad indefinida. Lo primero que veo es su cabeza grande de la que salen disparadas unas guedejas encrespadas, llenas de pajitas y pedazos de hojas viejas, moviéndose en un baile confuso, irremediablemente desligado del ritmo del cuerpo.

         La piel de su cara lleva los colores de la intemperie de muchos inviernos y veranos y, en ella, escondidos entre las cejas espesas, hay unos ojos nocturnos y asustados, extraviados de la realidad, navegando en su propia filosofía buscadora de esencias y afectos…siempre viajando por la línea de las fronteras iluminadas.

         Me acuerdo de ti, cuando aún atesorabas magias en tu cabeza mientras demorábamos el tiempo bebiéndonos los ojos y la piel, tan sólo cubiertos por un cielo pintado de ocaso y la espuma del mar. Placer consciente de juegos corporales.

         Una nariz, casi imperceptible, olisquea el ambiente con un gesto calcado al del perrillo que lo acompaña y mueve la boca en un diálogo sólo comprensible para él.

         Es pequeño. De su cuerpo flaco cuelgan harapos, de todas las modas, adornados de la suciedad de cada estación. Camina sin prisa, con los pies apenas cubiertos por unas sandalias llenas de polvo y caminos. Lleva a la espalda un macuto informe y gris, o verde, o quizás azul, lleno de talismanes y residuos rechazados.

         En el primer colector de basura para y remueve con angustia entre las bolsas, extrae con esmero una caja de leche para sorber, con apremio, una gota perdida entre los pliegues del cartón. Su perro le lanza una mirada casi humana, llena de preguntas y hambre, ansiando obtener migajas de las migajas.

         Me acuerdo de ti, cuando alimentabas mi oído y mi alma con anónimas danzas del Renacimiento a la par que me inventabas poemas con palabras recién hechas. Fue el tiempo de soñar.

         Sigue avanzando, con su discurso inconcreto, buscando alguna inmundicia de lujo que calme los rugidos de su estómago vacío. Al llegar a la frutería sienta sus huesos en una caja de madera, quita de un bolsillo una navajita de Taramundi y escoge, entre la fruta despreciada, algunas piezas de las que, despaciosamente, va separando la podredumbre. Los pedazos limpios son guardados con mimo, como si de una ambrosía se tratara, en una bolsa que va a parar al macuto de la espalda, en previsión de peores cosechas.

         Súbitamente repara en unas flores marchitas que alguien dejó abandonadas en una papelera, él las recoge, extasiado, por su hermosura decadente. Por un momento creo ver el dibujo de una sonrisa, seguramente irrepetible, mientras sostiene las flores y sale corriendo calle abajo, olvidando perro, macuto y miseria, para buscar en la arena a su novia secreta.

         Me acuerdo de ti, cuando aún eras tú, cuando no habías decidido huir para escuchar, en soledad, música por los rincones de los portales, buscando la nada hasta perderte del todo. Desde entonces la voz se me ha vuelto un lamento que sólo tú podrías descifrar. Te recuerdo.

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María Villar
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(Publicado por Editorial Ir Indo- Colección Narrativa Año 2003/ Publicado por el periódico La Voz de Galicia-Relatos de verán: Agosto 2002)




 
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viernes, 20 de mayo de 2011

CANTO DESAMPARADO

En la acequia
quedó quebrado un llanto
de amor
recién nacido.

Lúgubre mano,
insana envidia,
celos que derrumban
dicha construída,
pudieron más
que la savia pura
trepadora de mis sueños.

Desvió su trayecto
ilusión de estrellas
en tu cielo.
Malvado aliento
fétido
sopló su ira
contra mi firmamento.

Quedó el vacío
llenando el silencio;
el muro se vió barrido
de tu pensamiento.

Sola estoy,
se alarga mi sombra.
Ha partido el sol.
Nada tengo.
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María Villar
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