SED TODOS BIENVENIDOS

DESDE MI PANTALLA es un blog que nace con la ilusión de que en él vayan apareciendo mis poemas, algunos ya publicados en Facebook, otros serán nuevos. También aparecerán relatos que ya han sido publicados en otros foros, especialmente en el "Tintero virtual". No tiene otra pretensión que darlos a conocer y que el/la que quiera pueda comentarlos si así es su deseo. Todos los comentarios son bienvenidos.

sábado, 30 de julio de 2011

LO QUE FUE

El patio me regala
la mirada,
de lo que
ya no está.

Sus piedras tristes,
que el musgo sostiene,
no encierra
las risas
que otrora contuvo.

Ya no está
el viejo columpio de madera,
trabajado,
con mimo paterno,
en el que palomas,
tornasoladas,
se balanceaban.

Ni el limonero,
que plantó el abuelo,
en el que gorjeaban
gorriones mañaneros
mientras en la noche,
las estrellas,
nos hacían guiños
entre las hojas.

Ni siquiera
el sol
se refleja ya
en los pétalos blancos
de las margaritas.

El pozo,
sin agua,
lo contempla todo,
atónito.

Sólo la hierba,
plácida,
conserva aún,
la calidez
de las pisadas
infantiles.

¿Qué fué
de vosotros?
me pregunta
el patio
desde sus tonos
grises.

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María Villar
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IMPERCEPTIBLE ESTRELLA

No desea nacer
la estrella
en cosmos que agoniza;
...despertar en firmamento
aniquilado
de espanto y sufrimiento,
es segura soledad
en la negrura.

Busca un campo
de espigas doradas,
altos árboles verdes
donde acaso anide el ave...
...y volar de la mano
de tu alma
hasta el infinito.

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María Villar
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DAÑINO AMOR

La alimaña acecha rencorosa
entre roquedos imperfectos
para embaucarnos con suspiros tibios
promesas de amores ciertos.

Buscamos enderezar ruta sinuosa,
revestirnos de angelicales alas,
para liberar a la presa
ya cubierta de inmundicias .

Vanamente...

Las venas se le han llenado de espinas,
necesitan repeler el ataque
del demonio procaz
que le ha robado su sangre,
contener esa herida que arde,
y cruzar feliz el pórtico
al amparo de la ruina.

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María Villar
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TARDE DE DOMINGO

Un accidente circunstancial
sacudió rito
de requiebro auténtico .

Bajo el agua
desnudos recorríamos
costados ignotos.

Puro deseo,
sin ropa que ofenda,
fué agredido
por ojos abyectos,
enmascarando multicolor
ensueño.

No hay pretensión
sino brillar
en manantiales nítidos
bebiendo en ombligos
plácido néctar
en domingo quieto.

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María Villar
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DE NORTE A SUR

Vivir tu montaña sagrada,
de loco suave,
amaneciendo en el sur
color de flores.

Trepar cerros de vientos,
nevados,
resquebrajando mi piel,
para oler tu fruta
abocetada en mi mente.

La tormenta aúlla
en mi espalda flagelada,
entornando mis ojos,
arrancándome lágrimas
ante valientes perros,
indiferentes,
secuestradores de almas.

Llegaré a puerto,
sin estruendo.
Me recibirá un vuelo de gaviotas.
Ya no hay nubes ni acantilados.

Neutral azul me espera,
antiguo en el faro,
sin extraños equipajes.

Así lo he soñado.

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María Villar
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GOTAS DE MÍ

Hay una eternidad
en un segundo,
luz arcana
que cruza tus ojos,
barco que dobla la esquina
de nuestro océano.

He trepado montañas
por ese río distinto de tu mirada,
absorta en paisaje ciego,
para atrapar ese transcurrir
melancólico de la tarde
y esconder las hojas muertas
del calendario.

Estás lleno de pasado;
cada paso me confiesa
lo que escondes solitario,
a pesar de la niebla
que te envuelve.

Permanezco y busco
entre tus lentitudes,
cielo de otra parte,
apartado sueño
de tierra nueva
que descansa de batallas.

Pienso en perpetrar
una utopía:
pedir almas prófugas
que acompañen
el ocaso de mi rumbo
en estela preñada de estrellas.

Mientras
dibujas una lluvia fatigada
en vespertinos cerros
con tus letras tristes.


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María Villar
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IMPERFECTO INVIERNO

Ha dejado de doler
esa lluvia pesada,
cemento translúcido,
que convierte jardines
en lodo cansado...

Mientras el viento
trabajado de frío
pertenece
a un tiempo
que se ahoga,

brillante azul
resplandece tímido
bajo caricias trémulas
de un sol primerizo.

No hay una construcción
perfecta
del invierno;
por las rendijas
se encienden ya
violentas,
amarillas flores
de primavera.



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María Villar
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domingo, 24 de julio de 2011

POR ENCIMA DEL TIEMPO

Ya es hora de encender
estos paisajes celestes,
para olvidar los laberintos
no esclarecidos
que designan equinoccios.

He oído murmullo de aves
que conciertan la presencia
del amigo,
más allá de la enramada
geográfica.

Dejo atrás una falsa
imagen
escrita
en la nieve,
con arquitectura
de música y pena,
para volver
a la inocencia
pura
de un niño.

...Espero el brote
de una respuesta,
a través
del oscuro aire
que llenó la palabra
de misterio.

Quizás sólo encuentre
la indecisión,
en una noche cerrada,
pero volaré,
en este viento remoto,
por encima del tiempo.

Te veré
en la esquina,
hacia el final
de tu vida,
procurando las esencias,
escondidas,
tras la imaginación
que te perturba.

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María Villar
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sábado, 23 de julio de 2011

DÉBILES ESTELAS

La bruma difumina,
lentamente,
la silueta de un navío
que sigue,
a duras penas,
los 32 rumbos
de la rosa de los vientos,
soñando mares
ignotos.

Sigue las estelas
débiles,
de un camino
bosquejado
por aprendices
de verdaderos
marinos.

Late el viento
en sus velas
cuajadas
de salitre,
mientras
el mar ruge
fiero
contra su proa.

Las luminarias
han encendido
hogueras
en su cubierta,
para apagar
resonancias
indeseadas.

Fuí navegante
débil
en velero
enamorado
de sol y risas.

Me erguí
entre tumulto
murmullante
de incoherencias.

Oí,
quizás,
alguna voz
salvaje,
y un pensamiento
loco
me poseyó.

Sería mejor
seguir soñando
con las sirenas
del engaño.

En este barco
me ha quedado
una vida
en recuerdos:
colores en mis manos
que dibujan en el aire,
esa búsqueda
constante
de peces plateados,
y el zumbido del viento
en sus mástiles.

Pondré cenefas
de estrellas
en mi garganta,
mientras el ocaso
incendia este mar
que me lleva,
y los pájaros cantan
en árboles
y techumbres.

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María Villar
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miércoles, 20 de julio de 2011

ENTRE LA ESTUPIDEZ Y LO ABSURDO

La risa
provoca destellos,
en la oscuridad,
que arrastra,
esta tarde sucia.

Exige asumir
la existencia
de una música interna
que se escapa
entre los poros,
para que prevalezca
algún paraíso
terrenal.

Se desgasta
en fuego
de pasión inútil,
al igual que el grito
es liberado.

Impulso de solsticio
que incendia
horizontes
indefinidos.

No es anticipo
de lluvia,
que se edifica
en baluartes grises
y derrumbadas tinieblas.

Es pedernal sereno,
brisa que inunda
de palabras suaves
las ciudades vacías,
ansia de ráfagas
sin llantos sucesivos.

Intervalo,
lúcido,
entre la estupidez
y lo absurdo.


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María Villar
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sábado, 16 de julio de 2011

SOÑAR O MORIR

Amaré contemplar:
ese silencio transparente
de las palabras,
que cruzan el tránsito
de los días;

Esas almas
que viven
sostenidas a unos labios
prendidos entre las sombras;

Las voces sucesivas
que resumen cuerpos
amigos
en jardines que huyen
de la noche;

Y suspirar una pausa
para llamarla amor...

En la memoria percibo
un aliento sombrío
que reclama
estremecimientos.

Acaso voltee
mi mirada
para divisar
las últimas caricias.

Mas sólo veré
la hoja intacta
del árbol que observa
el tiempo.

Soñar o morir
aguardando,
para bañarme en las olas,
repentinas,
de la vida,
sin perder mi reino.

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María Villar
© Todos los derechos reservados
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(Imagen de Internet)
 

jueves, 14 de julio de 2011

PENN CENTRAL (STATION)

He vuelto a Philadelphia. Me he propuesto atravesar campos de gris cemento vertical, para llegar al bosque de arces rojos en el que intercambiábamos sueños de papel.

Éramos transparentes entonces. Yo veía las palabras atravesando tu corazón silencioso y tú leías en mis ojos los primeros versos. La ilusión nos arropaba mientras un cielo azul nos cruzaba el cuerpo como una saeta luminosa. Creíamos flotar.

El embrujo duró una gota de tiempo...

Tu alma se llenó de un humo tóxico, las letras se arremolinaron en tu interior confuso, delirabas entre risas de locura...Mi mirada enfermó de tristeza al ver tus pupilas perdidas.

Grité contra los que envenenan las nobles armas de los poetas, mas fue en vano. La noche te envolvió rápida con las risas falsas y promesas de grandeza de aquellos filósofos farsantes. Venían a por mí también. Notaba sus caricias aleteando por mi cuerpo y su voz melíflua. Pero no escuché esos cantos de sirena que consiguieron llevarte a ti al precipicio. Dejé de oír tu voz para oír una melodía extraña, mezcla de alcohol y drogas, desconocida y huraña. Ya no eras tú.

Aprendiste a caminar arrastrando los pies entre las sombras, siempre escondidas, camuflado en un polvo blanco miserable, cubierto apenas por los harapos de tus falsos maestros. Cambiaste la sonrisa radiante de tu boca por una mueca desdentada dolorosa... y la luz de tus ojos por una crueldad opaca. Después vinieron los robos, asaltos... La distancia fue cada vez mayor.

Un disparo se llevó tu cuerpo. El alma me la he guardado yo, junto con cuatro poemas grabados en el corazón y un cuaderno, que me entregó la Policía, sucio, arrugado por un tiempo que se cuajaba con tus últimos jeroglíficos.

Allí, en la calle 30, junto a la estación Penn Central te perdí para siempre. No todas las guerras se ganan...

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María Villar © Todos los derechos reservados

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(Imagen de Petrophoto.net)
 

viernes, 8 de julio de 2011

CIUDAD DE LLUVIA SOÑADA

-I-

Este viento impenitente
trae la lluvia
que permanece constante
día tras día
cubriendolo todo
con la herrumbre de un tiempo
desafinado.

Ella queda extendida,
leve,
en ondulados prados
que platean estampas
de árboles y hierba.

Batallones espesos de castaños,
de robles, de sauces,
acogen en las cuencas de sus hojas
tan esencial líquido,
irrepetible,
que acribilla troncos y ramas.

Ya los jardines
se sofocan en plácida llovizna
que acaricia sus pétalos
en forma de radiantes gotas
celestes,
portadoras de todos los enigmas.

Mientras la ciudad
yace,
inocente,
derrumbada
bajo la lluvia,
crece extraña,
imaginando un sol
por encima de las nubes,
el astro decisivo
con que se escribe el destino.

Extiende sus calles
en un llanto de río
con densas sombras
coaguladas en sus orillas.
Hay piedras concertadas
en las esquinas,
que se entregan a la memoria
anónima de un caminante,
y a la mirada oculta
tras los párpados de las casas.

Las lágrimas corren
por los vidrios
en transparente dádiva
divina
que murmura silencios
a su paso,
formando regueros,
hasta llegar a un bosque de camelias
sito en la penumbra de un sueño,
en una tierra en la que duermen
palabras equivocadas,
vestigios escondidos
de pretéritos inviernos.

Se escurre la tarde
con su musical arpa húmeda
y su amenaza de crepúsculo.

-II-

Lluvia que viene
del espacio que habitas.
Una tierra oscura
propicia a la fuerza del llanto
con una luz que decrece
en mirada profunda.

Hay una extensión inundada
de olvido,
que lleva silencios
flotando en la tarde abierta
de decadencias...
sábanas blancas
sacudidas por los vientos.

Se atisban borrascas,
horizontes irradiando iniquidades
girando
en torno a las islas.
Inútiles pañuelos
enjugan fachadas amusgadas
de las frentes.


Existe un destino
de mar imposible,
amenaza de galernas
bate en las velas
de almas reclinadas,
tinieblas propicias
a líneas despedazadas...
y llega esa lluvia
despiadada,
sin excesiva demora,
rompiendo partituras
en el firmamento negro.

Rocas inertes
contemplan
en oscilante silencio
esa lluvia destrozando el mar
que traspasa ojos sin aristas.

-III-

Confluye el perfume de tierra
y agua
con musical belleza
de verticales perlas transparentes,
acaso finas torres
de cristal.

Llueve en la ciudad
desnuda,
insomne
en este mes de incumplido sol,
danzan sus gélidos pies
al compás de sones
inventados
en pálido diálogo frío.

Hay una fuente,
revestida de palabras
que espera ansiosa
el cantar acuoso,
celosa de esas curvas
rotas
de los ríos.

Dejemos los caminos
con las primigenias gotas,
que concentren nuestras huellas
mojadas,
para bogar con calma
en el tiempo
de esta ciudad
cuya lluvia soñada
es pájaro leve.

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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Imagen de Internet)
 

miércoles, 6 de julio de 2011

LA NOCHE DE LA SANTA COMPAÑA.

 En el verano de 1994 fui invitada a las fiestas de un pueblecito del interior de Galicia , en honor a su patrona Santa María el 15 de Agosto, un día que es fiesta en casi toda Galicia. Como todos sabéis esta es tierra de mitos y leyendas y todos conocen, o han oído hablar, de la "Santa Compaña", aunque pocos, o ninguno la hayan visto alguna vez en su vida.

Yo ya había disfrutado mis vacaciones en Julio así que el día 14 tuve que esperar a salir a las 20:30 e ir, todavía, a mi casa a recoger el exiguo equipaje y mi coche para ponerme en ruta.
Fui por autopista hasta Pontevedra y después continué trayecto por carreteras comarcales que ya conocía. Cuando quedaban alrededor de 20 kms para llegar al pueblo, me encontré con la carretera cortada por la obra de un puente sobre el río Arnego, así que el tráfico era desviado por carreteras secundarias y pistas que yo desconocía por completo.

Al principio del recorrido había señales y éstas estaban bien colocadas, pero, en un momento dado, dejó de haberlas y al llegar a algún cruce me tenía que fiar de mi orientación hasta que me di cuenta que ya había pasado por alguno de aquellos sitios varias veces, que ya eran las 12 de la noche y que me había perdido sin duda. De repente me pareció estar metida en un laberinto oscuro y tuve miedo. La noche era muy calurosa y eso unido al hecho de saberme extraviada en un lugar desconocido me aceleró el pulso. En esa época no existían los teléfonos móviles, no podía solicitar ayuda así y por allí no había visto ninguna vivienda ni nadie a quien pudiera preguntar, lógico a aquellas horas.

Continué hasta un nuevo cruce marcado con un "cruceiro", esa cruz de piedra que antiguamente se ponía en las encrucijadas o en el lugar en el que alguien había muerto. Casi todos los "cruceiros" tienen 2 o 3 escalones, este tenía 3, así que me apeé del coche y los subí para ver si así divisaba alguna luz o lugar al que dirigirme. Me puse contentísima cuando vi llegar por la izquierda, como salidas de la nada, las luces de lo que me pareció una procesión.

Me llamó la atención el intenso silencio que se había producido desde hacía un rato. Sólo se oían perros aullando en una noche que se había vaciado de todo ruido. A medida que la procesión se acercaba pude oír un murmullo de rezos o letanías y también vi que eran dos filas de túnicas blancas y con capucha que no permitían ver los rostros de sus portadores, al frente de las cuales iba una persona de atuendo normal que llevaba un gran crucifijo en una mano y un cubo en la otra.

No sabía cómo interrumpir aquello para preguntar el camino correcto y ya me disponía a bajar del "cruceiro" para pararlos cuando, delante de mi, pude ver algo que me congeló la sangre y que me hizo quedarme clavada en mi atalaya.

Excepto la persona que iba al frente, los cuerpos de los encapuchados eran como espectros blancos y transparentes a la vez, parecían caminar, pero al verlos de cerca me di cuenta de que flotaban sobre el suelo y sus letanías me resultaban incomprensibles. Ni me miraron, ni parecieron darse cuenta de mi presencia. Sin embargo, el hombre que los encabezaba giró su cabeza hacia mi y pude ver unos ojos opacos, como ausentes de vida, me fijé que estaba muy pálido y escuálido. Este cortejo dejó a su paso un fuerte olor a cera, de los cirios que portaban, y desapareció casi tan de repente como había aparecido.

Tardé en serenarme. Cuando lo hice y pude bajar los peldaños del "cruceiro", tuve la suerte de ver acercarse los faros de un automóvil por el mismo camino en el que yo estaba, así que lo paré, aún llena de un temor indescriptible e inexplicable. Era un paisano del lugar que al verme se echó a reír y me preguntó si había visto a la "Santa Compaña" o qué, pues estaba blanca como la nieve y me costaba hablar. Le contesté que me había perdido y estaba asustada. Se puso serio y me dijo que lo siguiese en mi coche. Me guio hasta mi destino y se lo agradecí de corazón.

Mis amigos me esperaban muy inquietos por la tardanza y cuando me vieron respiraron tranquilos. Les conté lo ocurrido y también lo que había visto mientras sus bocas se iban abriendo más y más. Enmudecieron y se miraron entre sí. Me dijeron que me había encontrado con la "Santa Compaña" y que la persona que iba delante sería algún vecino de un pueblo que moriría en un año, salvo que en su caminar se encontrase con alguien a quien entregar la cruz que portaba. Sin yo saberlo me había salvado de esa entrega por estar subida a los peldaños de un "cruceiro" que actuó como protector. Excuso decir que no pude pegar ojo en lo que quedaba de noche pues no hacía más que darle vueltas en la cabeza a la experiencia que había tenido.

En estas fiestas populares es costumbre que cada casa contribuya con la cantidad de dinero que estime oportuna, a las personas que hacen la recaudación se les llama "ramistas". En la mañana del día 15, cual no sería mi sorpresa al ver delante de la puerta de la casa a la madre de mis amigos, con el mismo hombre pálido que encabezaba el cortejo de la "Santa Compaña". Él era uno de los ramistas. Muy excitada se lo dije a mis amigos, que me hicieron jurar que era esa persona y no otra.

Al entrar su madre de nuevo en la casa los chicos le dieron la noticia: a Casimiro de Camba le quedaba alrededor de un año de vida pues yo lo había visto con tan tétrica procesión.
.
Una semana antes del día 15 de Agosto del año 1995 mis amigos me comunicaron el fallecimiento del tal Casimiro, yo misma pude leer su esquela en el diario.

Nadie cree en meigas...pero habelas...hainas *
* Nadie cree en brujas...pero haberlas...las hay
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sábado, 2 de julio de 2011

HISTORIA DE FÉLIX (V y última): La familia.

Cuando llegó el verano decidí marchar a Ziroum, a la casa que unos amigos me habían ofrecido hacía tiempo para descansar, leer, escribir... y aprovechar para hacer excursiones por el hermoso valle de Camba en dónde se enclava.

 No sé por qué no llegué a sentirme a gusto allí, pese a la belleza del paraje. A las dos semanas de llegar me sentía desasosegada, como pensando que algo iba a ocurrir, aún así resistí una semana más y despues volví a mi casa de la ciudad.

Al llegar lo primero que hice fue abrir las ventanas para que entrara el fresco y ventilar, después me dediqué a deshacer las maletas con desgana; a lo lejos se oían unos maullidos apagados que, a veces, parecían más cercanos porque el viento los traía y llevaba. Hubo un momento en que los maullidos parecían en mi jardín, pero yo ya había aprendido a ignorarlos y a no hacerme ilusiones. Los maullidos iban siendo cada vez más fuertes e insistentes, casi se podría decir que anhelantes. No resistí más y fuí a ver qué demonio pasaba con tanto barullo de gatos ajenos en mi propiedad. Al asomarme por la ventana de la cocina me quedé muda. Unos ojos azules me miraban desde el rincón apartado del pozo. No lo podía creer.

Bajé los escalones de dos en dos, supongo, porque en un segundo estaba en el jardín con el corazón latiendo en la garganta. Mi ímpetu me llevaba a correr y gritar pero mi cabeza impuso lo razonable.

Me fuí acercando muy despacio y con miedo de que aquel gato no fuese Félix, quizás incluso no se acordase de mi, o la pérdida de contacto con la gente lo hubiese vuelto salvaje. Tuve la certeza de que era él, la forma en que me maullaba lo decía todo. A dos pasos de él me agaché y empecé a hablarle con mimo en voz bajita. Entonces, él se acercó y posó sus patas delanteras en mis rodillas, le acaricié el lomo mientras le hablaba. No puedo describir este momento, me faltan palabras, lloraba y reía a la vez, tenía ganas de gritar de correr de qué sé yo...Él lamió el lugar de mis caricias y después acercó su cabeza a mi cara y se frotó contra ella. No había duda. Era Félix y me había reconocido como algo de su propiedad.

La verdad es que después de tanta alegría no tuve más remedio que fijarme en el aspecto que traía, y no era muy bueno. Estaba sucio, su piel había perdido brillo y además estaba mucho más flaco. Intenté llevarlo conmigo a casa, pero cuando él lo sospechó se bajó de mi regazo aunque se quedó a mi lado. Así que subí yo sola y busqué algo de comer y algo para asearlo un poco.

Félix comió con apetito y bebió unos buenos tragos de agua, después se encaramó al muro se lavó la cara con mucha parsimonia y se marchó de nuevo. No intenté llamarlo, como había hecho la vez anterior, sino que dejé que se marchase con la esperanza de que volvería a verlo.

Durante días Félix me hacía visitas periódicas y siempre seguía la misma rutina: primero me llamaba, después comía y a continuación marchaba. Yo ya me conformaba con eso y no pedía otra cosa más que seguir recibiendo sus visitas.

Así fue pasando el resto del verano y llegó el otoño. Pasé semanas sin ver a mi querido Félix. Pensé que estaría buscando un lugar adecuado dónde pasar el invierno. Fué la primera semana de noviembre, en vísperas de mi cumpleaños, cuando oí unos ruidos en el jardín. Me asomé por el balcón de la terraza y vi dos tiestos de geranios rotos en el suelo. Ya otras veces había pasado lo mismo, algún gato torpe al pasar por el muro no tenía cuidado suficiente y tiraba con las macetas o con lo que hubiera. No le preste mayor importancia.

Por la tarde bajé para recoger los restos de los tiestos y replantar los geranios. Mi sorpresa fue enorme cuando me encontré con dos gatitos de color blanco y negro jugando con sus propios rabos y después, cuando desde detrás del pozo aparecieron otras cabecitas menudas de orejas oscuras y familiares para mi. Esto fue lo máximo. Sonaban maullidos infantiles por todas partes. Me acerqué con cuidado para mirar. Allí metidos en una parte del lavadero adosado al pozo había tres gatitos más; estos eran de piel blanca y suave y ojos azulísimos, uno de ellos tenía el rabo plegado en forma de cuatro. No había duda, eran hijos de Félix, el rabo en forma de cuatro era su distintivo, la marca que él había heredado también de su padre.

Oí maullar a Félix y cuando me di la vuelta para mirarlo vi que no estaba solo, la preciosa Cuca estaba con él; con aire maternal se acercó a sus pequeños y les dió unos buenos lametones. Así que eso era. Félix y Cuca eran padres y acababan de presentarme a su prole. Una historia natural.

Nunca intenté llevarlos conmigo a la fuerza y ellos guardaban una prudente confianza conmigo dejando bien claro que tenían su propia vida pero que aceptaban mi interés por ellos.

Yo sigo bajando todos los días al jardín, llueva o haga sol; voy dejando comida en varios sitios. A veces vienen y yo no los veo, pero la comida desaparece, eso quiere decir que siguen por aquí. Otras veces los veo jugando por los campos, parecen felices. Yo también lo estoy porque , por fin, comprendí que no se puede cambiar la naturaleza y vivir una vida para la que no se ha nacido. Ahora siento respeto por su independencia y me alegro de que la tengan.
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María Villar
© Todos los derechos reservados
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Fotografía de María Villar
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Foto realizada el día 29-Agosto-2006 , su 12º cumpleaños, en su atalaya favorita: la ventana de la cocina.
 

HISTORIA DE FÉLIX (IV): La huida.

Hace ya cuatro meses que Félix marchó. Todavía no sé muy bien cómo sucedió, fue todo muy rápido.

Yo había bajado, como otras veces, para que Félix jugase un poco por el jardín, máxime ahora que ya había trabado conocimiento con Cuca, y así, mientras yo arrancaba las malas hierbas y regaba las plantas Quico, Cuca y Félix hacían carreras entre ellos y se daban pequeños mordisquitos. Ya había pasado bastante tiempo y el hermano de Félix, cansado ya de tanta juerga, permanecía sentado en un recanto. Sin embargo, Cuca, que era tan parrandera como Félix, había trepado por el murete que separa el jardín de las otras fincas, todo esto seguida por Félix. Sólo los vi un momento andando por el borde en hilera: Cuca delante dirigiendo la expedición, y Félix detrás. No me preocupó que estuvieran allí encaramados, ya lo habían hecho otras veces. Yo continué quitando hojas muertas y, cuando recordé, ya era tarde. Estaba claro que no estaban en el jardín ninguno de los dos.

Trepé al muro para echar un vistazo en los campos colindantes pero, la verdad, es que la vegetación era tan espesa, por la falta de cuidados, que no podía ver nada. Llamé una y otra vez por los dos y presté oído por si ellos me respondían de alguna manera. Nada.

Marché a mi piso y, desde el balcón que me servía de atalaya, hice bocina con mis manos y seguí gritando como una loca. Estuve pendiente de cualquier movimiento entre las hierbas altas, pero, el viento también jugaba con ellas; llamé y llamé, sin obtener respuesta, hasta que llegó la noche. La ronquera me impidió seguir llamando, así que pedí a mis vecinos sus linternas y las colgué del balcón, de manera que iluminaran el campo más próximo por ver si los huidos acudían a la luz. Todos mis esfuerzos fueron en vano. Me sentía culpable por lo que había pasado y pensaba que, tanto Félix como Cuca no sobrevivirían a la intemperie, acostumbrados como estaban a tener una casa dónde vivir y a no tener que preocuparse por la comida.

Durante muchos días continué llamando por ellos, anduve por los campos arañándome las piernas y puse anuncios en todas las tiendas de la zona, amén de comunicárselo a los vecinos y conocidos. Sin resultado.

 Después de un mes aún me parecía oír los maullidos de Félix a lo lejos, me parecía que cualquier ruído era Félix que me llamaba, quizás herido en una pelea con otros gatos, por cuestiones territoriales, o atrapado por uno de esos cepos que la gente coloca en los campos para cazar alimañas. Eché pestes contra los cepos y contra las personas que los ponían. Seguidamente se me dió por pensar que quizás alguien había podido encontrar a Félix y, como es muy manso y cariñoso, quedarse con él. Por una parte esto me tranquilizaba, porque así Félix estaría a salvo, pero por otra me daba rabia no tener sus cariños.

A medida que fué pasando el tiempo la casa se me antojaba cada día más vacía. Me dió por recordar las travesuras que Félix había hecho en este sitio o en aquel otro, y lloré, lloré a mares por haber perdido a aquel ser maravilloso que me había dado tantas horas de alegría con su vivacidad incombustible, sin pedir nada a cambio; lloré por su generosidad y por mi egoísmo que lo quería atar a mi vida, sin comprender que él necesitaba vivir la suya. Lloré cuando comprendí que no lo vería más.
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María Villar © Todos los derechos reservados

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HISTORIA DE FÉLIX (III): Cuca

Félix tiene un hermano gemelo, Quico, que es igual en todo a él sólo que más oscuro porque el pobre pasa bastante frío en la casa en la que vive. Quico es muy tranquilo, demasiado para aquellos que estamos acostumbrados a las travesuras de Félix. Quico tiene una amiga, Cuca, que está loca por él pero, la verdad, es que Quico no le hace mucho caso por más que ella intenta llamar su atención dando toda clase de saltos y piruetas...

La primera vez que Félix vio a Cuca quedó prendado de ella. Él estaba en la ventana de la cocina tomando los últimos rayos de sol de la tarde, desde allí podía ver bien el jardín y las fincas de las otras casas por las que, a veces, andaban gatos a la espera de algún ratón. En estas estaba, cuando súbitamente Félix se irguió y se quedo mirando fijamente hacia un punto determinado del jardín. Allí, al lado de un tiesto de geranios estaba Cuca acicalando su largo pelo. En verdad era una belleza de angora, el lustroso color negro de su lomo contrastaba con su pecho albo, los ojos interrogantes eran como dos estrellas amarillas y rientes y su cola larga y tupida parecía capaz de abrazar cálidamente.

Félix no le quitaba ojo y para estar más cerca cambió de ventana y desde su nueva posición empezó a maullar con mucho mimo y a llamar la atención de Cuca, hasta que consiguió que ella lo mirase. Yo opté por bajar al jardín con Félix para que jugase un poco e hiciese algo de vida social. El recibimiento de Cuca fue notable, no era lo mismo ver un lindo gatito allá arriba indefenso en una ventana, que verlo allí mismo acercándose a ella y dispuesto a todo. Cuca escapó corriendo y se coló, de un salto, por una ventana del bajo. Por los cristales de una de las habitaciones Cuca miraba a Félix entre intrigada y temerosa. Yo tomé a Félix en mis brazos y subí a mi piso con un gato absolutamente contrariado.

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HISTORIA DE FÉLIX (II): Félix, el Rey de los Gatos

Ya va allá más de un año desde que Félix llego a mi vida. Creció mucho y ha ido dejando sus costumbres de cachorro para ir adoptando esas maneras sofisticadas que tienen los mininos con o sin "pedigree": las poses estudiadas, las caídas de ojos, los maullidos hirientes...

Félix es un zalamero. Por las mañanas reclama mi atención de tal forma que no me deja hacer nada hasta que lo cojo en brazos y lo acaricio durante un rato, la sesión de caricias dura lo que a Félix le peta; a veces parecemos una madre y su hijo ya que acostumbra a colocar una pata a cada lado de mi cabeza y posa la suya en uno de mis hombros, todo ello acompañado de un estrepitoso ronroneo.

Así que no me queda otra que prepararme el desayuno con Félix en brazos, y cuando sus tres kilos y medio de peso me dejan el brazo adormecido, lo coloco, con todo cuidado, encima de una silla, entonces, todo enfadado, me dedica una sinfonía de maullidos reprobatorios por mi actitud y se queda sentado todo tieso e importante; después de un momento me da la espalda y se enrosca para dormir sin hacerme pizca de caso, es entonces cuando yo, llena de remordimientos, le digo cosas con mi voz más meliflua para ver si hacemos las paces, pero ya es tarde para tratar de arreglar las cosas. Félix tiene carácter y está enfadado de verdad.
Ahora, cuando quiero hacer la cama, tengo que dejarlo fuera de la habitación, porque lo que más le gusta es subir de un salto y esconderse debajo de las sábanas. El sabe que a mí no me gusta que lo haga y es algo que me saca de mis casillas porque siempre tengo prisa y no tengo tiempo ni muchas ganas de juegos por las mañanas. Cuando lo dejo al otro lado de la puerta permanece pegado a ella y me llama con su maullido interrogante para ver si caigo en su trampa abriendo la puerta otra vez. ¡Ni loca!

Una de las cosas prohibidas que más le gusta es escapar a la terraza y masticar las hojas de todas las plantas que tengo allí. Ninguna de ellas se ha librado de sus ataques y a él parece no importarle si las hojas son duras o blandas, venenosas o inofensivas. Cuando lo descubro en estas travesuras y lo echo fuera, corre a esconderse en el último rincón de la casa. Durante diez minutos no le veo el pelo y es un alivio, pero de ahí a un rato ya estoy inquieta y empiezo a llamarlo con aire de culpa. Félix, que sabe mucho, se hace rogar durante un tiempo y después asoma la cabeza silenciosamente y viene despacito hacia mí. Cuando lo tengo a mi alcance le rasco la cabeza y debajo de la barbilla y él se deja hacer para, de repente, darme un mordisquito en la mano o en lo que le pille más cerca y se echa a correr como un loco.

Hace tiempo que yo había llegado a la conclusión de que mi gato no sabía que era un gato, ahora hasta yo misma tengo dudas. Me parece un ser mutante capaz de pasar de la más seráfica de las expresiones a la máxima fiereza y astucia en segundos, y además conoce siempre lo que pienso y sabe cómo fastidiarme. Creo que lo suyo es un problema de personalidad provocado por el exceso de cuidados y miramientos con los que lo trato. Sin duda el cree ser el Rey de los gatos, motivo por el que tiene que recibir un trato especial, lo malo es que también lo creo yo.

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HISTORIA DE FÉLIX (I): La llegada

Todavía recuerdo con claridad los días previos a su llegada. Habían sido unos días de preparativos y de actividad frenética. Comprar su cama, sus juguetes... que sé yo!! no hacía otra cosa.

Por fin llegó el día, me parecía que el tiempo no corría, las horas eran eternas; la entrega sería a las 4 de la tarde. Sonó el timbre de la puerta, ¡Dios mío, ya están aquí!. Bajé las escaleras corriendo y abrí la puerta. Allí estaba Doña Emilia, sonriente como siempre, y con el pequeño bulto en sus brazos. Todo estaba en regla, tan solo me hizo unas indicaciones de última hora y me traspasó lo que ya era mío por ley. Se llamaba Félix.

Subí al piso, quería contemplar aquello que ya solamente dependía de mí. Aquellos ojos azules, intensos, me cautivaron desde el primer momento, y después aquella piel suave y blanca, todo el tan pequeño e indefenso... daba gusto arrimar la cara a aquel cuerpecito blando y cálido.

Al principio parecía asustado, sería por la novedad de la casa. Lo puse en el suelo y lo animé a recorrer las habitaciones para que conociese cada uno de los rincones de su nueva morada. Cogí algunos de los juguetes que había comprado para él e intenté jugar con ellos para ver si se animaba; en un primer momento estaba algo tímido porque, claro, no me conocía, pero yo le hablaba mucho y le hacía fiestas para romper el hielo. Después ya fue otra cosa, empezó a jugar y a hacer ruido, como correspondía a su edad, y ya perdió el miedo para siempre.

Yo estaba loca de alegría, había tardado en decidirme pero al final lo había hecho, y la verdad es que merecía la pena. Ahora la casa estaba llena.


Hicimos "buenas migas". Cuando por las mañanas tardaba yo un poco más de la cuenta en salir de mi habitación, ya venía él a llamarme a la puerta, pero no entraba; cando yo salía él estaba allí pegadito y en aquellos primeros momentos de nuestro encuentro
mañanero todo eran mimos, como si hiciese años que no nos veíamos. Le gustaba estar en mi regazo mientras yo desayunaba, contemplando con detalle cada uno de mis gestos, pero fue dejando esa costumbre a medida que fue creciendo, después le gustaba más darme sustos por la espalda y tirarme por encima el café.

Lo peor fue cuando lo tuve que llevar a poner la vacuna polivalente. El pobre temblaba de miedo y armó un gran barullo con su histeria, yo sufría por él pero no podía hacer nada más que acariciarlo y hablarle bajito para tranquilizarlo.

Lo mejor es que no tengo problemas con las comidas, tiene buen diente y come de todo, aunque tiene sus preferencias, como todos , sin embargo, el pescado no le gusta demasiado por eso, a veces, me quedo asombrada cuando lo come, y lo que todavía me sorprende más es que se esconda para hacerlo. Aún hace unos días me lo encontré comiendo una sardinilla debajo de la mesa de la sala bien tapado por el mantel, tardé en dar con él bastante tiempo y cuando lo hice casi reviento de risa.

Es un travieso de primer orden, en cuanto me doy la vuelta ya está haciendo alguna trastada, y es que no tiene parada y cualquier sitio es bueno para lo que sea. Igual se sienta en una silla, que encima de la tele o en el borde de las ventanas. Yo lo que temo es que se rompa la cabeza o algún hueso. Esta mañana, sin ir más lejos, lo vi subir a la baranda de la escalera y resbalar por ella hasta abajo, casi me da un infarto; después se escabulló a toda velocidad por si lo reñía.

Ahora ya no puedo tener plantas dentro de casa porque a él le da por arrancarles las hojas y masticarlas, es asqueroso, pero yo no soy capaz de hacerle entender que eso no está bien.

Lo que tiene de bueno es que es muy sociable y cariñoso y que acoge bien a toda la gente que viene a casa, no extraña nada y todo el mundo lo quiere bien. Yo estoy orgullosa de él y presumo de lo guapo y listo que es, eso no quita para que a veces logre ponerme furiosa, pero me consuelo pensando que Félix todavía no sabe que es un gato.

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