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DESDE MI PANTALLA es un blog que nace con la ilusión de que en él vayan apareciendo mis poemas, algunos ya publicados en Facebook, otros serán nuevos. También aparecerán relatos que ya han sido publicados en otros foros, especialmente en el "Tintero virtual". No tiene otra pretensión que darlos a conocer y que el/la que quiera pueda comentarlos si así es su deseo. Todos los comentarios son bienvenidos.

miércoles, 6 de julio de 2011

LA NOCHE DE LA SANTA COMPAÑA.

 En el verano de 1994 fui invitada a las fiestas de un pueblecito del interior de Galicia , en honor a su patrona Santa María el 15 de Agosto, un día que es fiesta en casi toda Galicia. Como todos sabéis esta es tierra de mitos y leyendas y todos conocen, o han oído hablar, de la "Santa Compaña", aunque pocos, o ninguno la hayan visto alguna vez en su vida.

Yo ya había disfrutado mis vacaciones en Julio así que el día 14 tuve que esperar a salir a las 20:30 e ir, todavía, a mi casa a recoger el exiguo equipaje y mi coche para ponerme en ruta.
Fui por autopista hasta Pontevedra y después continué trayecto por carreteras comarcales que ya conocía. Cuando quedaban alrededor de 20 kms para llegar al pueblo, me encontré con la carretera cortada por la obra de un puente sobre el río Arnego, así que el tráfico era desviado por carreteras secundarias y pistas que yo desconocía por completo.

Al principio del recorrido había señales y éstas estaban bien colocadas, pero, en un momento dado, dejó de haberlas y al llegar a algún cruce me tenía que fiar de mi orientación hasta que me di cuenta que ya había pasado por alguno de aquellos sitios varias veces, que ya eran las 12 de la noche y que me había perdido sin duda. De repente me pareció estar metida en un laberinto oscuro y tuve miedo. La noche era muy calurosa y eso unido al hecho de saberme extraviada en un lugar desconocido me aceleró el pulso. En esa época no existían los teléfonos móviles, no podía solicitar ayuda así y por allí no había visto ninguna vivienda ni nadie a quien pudiera preguntar, lógico a aquellas horas.

Continué hasta un nuevo cruce marcado con un "cruceiro", esa cruz de piedra que antiguamente se ponía en las encrucijadas o en el lugar en el que alguien había muerto. Casi todos los "cruceiros" tienen 2 o 3 escalones, este tenía 3, así que me apeé del coche y los subí para ver si así divisaba alguna luz o lugar al que dirigirme. Me puse contentísima cuando vi llegar por la izquierda, como salidas de la nada, las luces de lo que me pareció una procesión.

Me llamó la atención el intenso silencio que se había producido desde hacía un rato. Sólo se oían perros aullando en una noche que se había vaciado de todo ruido. A medida que la procesión se acercaba pude oír un murmullo de rezos o letanías y también vi que eran dos filas de túnicas blancas y con capucha que no permitían ver los rostros de sus portadores, al frente de las cuales iba una persona de atuendo normal que llevaba un gran crucifijo en una mano y un cubo en la otra.

No sabía cómo interrumpir aquello para preguntar el camino correcto y ya me disponía a bajar del "cruceiro" para pararlos cuando, delante de mi, pude ver algo que me congeló la sangre y que me hizo quedarme clavada en mi atalaya.

Excepto la persona que iba al frente, los cuerpos de los encapuchados eran como espectros blancos y transparentes a la vez, parecían caminar, pero al verlos de cerca me di cuenta de que flotaban sobre el suelo y sus letanías me resultaban incomprensibles. Ni me miraron, ni parecieron darse cuenta de mi presencia. Sin embargo, el hombre que los encabezaba giró su cabeza hacia mi y pude ver unos ojos opacos, como ausentes de vida, me fijé que estaba muy pálido y escuálido. Este cortejo dejó a su paso un fuerte olor a cera, de los cirios que portaban, y desapareció casi tan de repente como había aparecido.

Tardé en serenarme. Cuando lo hice y pude bajar los peldaños del "cruceiro", tuve la suerte de ver acercarse los faros de un automóvil por el mismo camino en el que yo estaba, así que lo paré, aún llena de un temor indescriptible e inexplicable. Era un paisano del lugar que al verme se echó a reír y me preguntó si había visto a la "Santa Compaña" o qué, pues estaba blanca como la nieve y me costaba hablar. Le contesté que me había perdido y estaba asustada. Se puso serio y me dijo que lo siguiese en mi coche. Me guio hasta mi destino y se lo agradecí de corazón.

Mis amigos me esperaban muy inquietos por la tardanza y cuando me vieron respiraron tranquilos. Les conté lo ocurrido y también lo que había visto mientras sus bocas se iban abriendo más y más. Enmudecieron y se miraron entre sí. Me dijeron que me había encontrado con la "Santa Compaña" y que la persona que iba delante sería algún vecino de un pueblo que moriría en un año, salvo que en su caminar se encontrase con alguien a quien entregar la cruz que portaba. Sin yo saberlo me había salvado de esa entrega por estar subida a los peldaños de un "cruceiro" que actuó como protector. Excuso decir que no pude pegar ojo en lo que quedaba de noche pues no hacía más que darle vueltas en la cabeza a la experiencia que había tenido.

En estas fiestas populares es costumbre que cada casa contribuya con la cantidad de dinero que estime oportuna, a las personas que hacen la recaudación se les llama "ramistas". En la mañana del día 15, cual no sería mi sorpresa al ver delante de la puerta de la casa a la madre de mis amigos, con el mismo hombre pálido que encabezaba el cortejo de la "Santa Compaña". Él era uno de los ramistas. Muy excitada se lo dije a mis amigos, que me hicieron jurar que era esa persona y no otra.

Al entrar su madre de nuevo en la casa los chicos le dieron la noticia: a Casimiro de Camba le quedaba alrededor de un año de vida pues yo lo había visto con tan tétrica procesión.
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Una semana antes del día 15 de Agosto del año 1995 mis amigos me comunicaron el fallecimiento del tal Casimiro, yo misma pude leer su esquela en el diario.

Nadie cree en meigas...pero habelas...hainas *
* Nadie cree en brujas...pero haberlas...las hay
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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Imagen de Internet)
 

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