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DESDE MI PANTALLA es un blog que nace con la ilusión de que en él vayan apareciendo mis poemas, algunos ya publicados en Facebook, otros serán nuevos. También aparecerán relatos que ya han sido publicados en otros foros, especialmente en el "Tintero virtual". No tiene otra pretensión que darlos a conocer y que el/la que quiera pueda comentarlos si así es su deseo. Todos los comentarios son bienvenidos.

lunes, 17 de octubre de 2011

LA HERENCIA.

"Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón
i eu non me acordo xa si era aquel cravo
de ouro, de ferro ou de amor(...)" * (Rosalía de Castro)


Tito Valladares lo decidió un día, así, sin darle muchas vueltas, y así se lo comunicó a Soledad, su mujer, mi abuela...


Allí estaba yo, en el sucio desván, arrodillada delante del baúl grande que mi otro abuelo, Chuco, trajera de Filadelfia, y tratando de encontrar algo que me sirviese para un disfraz. Me pasé la mañana revolviendo entre antiguas vestimentas y restos de ajuares de mis antepasadas sin decidirme por nada. De repente, mis manos tropezaron con algo duro, sentí un pinchazo y retire esa mano rápidamente. Después, con cuidado fuí retirando cosas hasta llegar a un objeto que yo ya había olvidado.


Era un retrato de mi abuelo Tito, hermoso y distinguido como un príncipe europeo. Estaba de pié, reposaba una mano en el respaldo de una butaca estilo Luis XVI mientras con la otra sostenía una chistera con un cierto aire de elegancia. Su cara, seria y amable a un tiempo, estaba adornada por un enorme mostacho a la usanza de la época. El retrato tenía un pesado marco de bronce con cristal y, allí mismo, encontré también el clavo que, en otro tiempo, lo había sostenido a la vista de todos. Era un clavo especial, con una cabeza de metal dorado y decorado en escalones, como una pirámide azteca, ya que debía de conjugar el ser práctico con el ser bonito pues tenía que permanecer a la vista.


Me vino a la memoria el día en que mi madre retiró el retrato de la pared, hace muchos años, sólo que yo no entendía en ese momento su tragedia. Ella también se había pinchado un dedo y no dejaba de llorar. Tuvo que pasar mucho tiempo para que la serenidad le dejara contarme cosas de un abuelo al que no conocí.


Tito Valladares se marchó a Argentina buscando una vida mejor. Se marchó sin más y cuando lo consideró oportuno mandó llamar a mi abuela Soledad, mi madre y a mi tío José. Mi abuela no quiso marchar y condenó a mi abuelo y a sí misma a una soledad inhumana. Tito escribió durante años para convencerla y mandar dinero suficiente para dar carrera a su hijo y dotar a su hija para que tuviese un casamiento digno. Mientras tanto la abuela Soledad se volvió áspera e intratable. Una mañana de primavera apareció muerta en su cama y en su cara había una expresión de tranquilidad. Ella nunca supo de la otra vida de Tito.


El mismo día que mi madre quitó el retrato de su padre de la pared, había recibido una carta en la que se le comunicaba la muerte de su padre a la vez que se la ponía en conocimiento de que en Argentina su padre había tenido otra mujer e hijos.


Así fue que mi madre se clavó el clavo por pura rabia o para salir de un mal sueño y condenó a su padre al ostracismo de un viejo baúl. Ahora yo, que estoy aquí, que me he clavado el mismo clavo de manera fortuita, devuelvo a la memoria a mi abuelo.


Hola abuelo Tito, encantada de conocerte.


* Una vez tuve un clavo
clavado en el corazón
y ya no recuerdo si era aquel clavo
de oro, de hierro o de amor (...)

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María Villar © Todos los derechos reservados
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(Imagen de Internet)
 
 

1 comentario:

  1. Me ha encantado María tu historia. Y el poema que pones de Rosalía, totalmente adecuado al texto, es precioso también. Besos.

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