SED TODOS BIENVENIDOS

DESDE MI PANTALLA es un blog que nace con la ilusión de que en él vayan apareciendo mis poemas, algunos ya publicados en Facebook, otros serán nuevos. También aparecerán relatos que ya han sido publicados en otros foros, especialmente en el "Tintero virtual". No tiene otra pretensión que darlos a conocer y que el/la que quiera pueda comentarlos si así es su deseo. Todos los comentarios son bienvenidos.

lunes, 29 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD I y II


- CUENTO DE NAVIDAD-  (I)

 

La llamábamos Rosa. Nunca supimos de dónde procedía ni a dónde se marchó aquel 25 de diciembre de 1.977. Tampoco nadie, exceptuando nosotros, parecía haberla visto nunca.

 

Siempre la había visto en el mismo lugar, formando parte del paisaje urbano,  sentada en el pequeño escalón de cemento que sobresalía del muro de cierre del inmenso solar de la manzana del Fraga, en pleno centro de la ciudad. No sabría decir desde cuándo estaba allí.

A veces se levantaba, y podía ver su figura informe moviéndose con dificultad. El cuerpo cubierto por mil harapos en invierno y en verano. Las piernas, envueltas, muy ceñidas con periódicos y plásticos para protegerse del frío y los rigores nocturnos, quedaban al descubierto en primavera , dejando a la vista sus úlceras, hinchazón y amoratamiento. Sin duda esto tenía que hacerla sufrir, tanto, o más, como ver que mucha gente por evitarla cambiaba de acera, o eso me parecía a mí.

 

Al salir de trabajar me había acostumbrado a pasar por su lado, me producía mucha curiosidad, y todavía me había de causar fascinación, al descubrir que aún antes de llegar a su altura notaba un delicado aroma de rosas, que se hacía más patente ante su presencia. Sí, pese a su aspecto desaseado se diría que en esta mujer había florecido toda una rosaleda perfumada.

A cualquier persona que se aventurara a pasar por su lado le decía lo mismo ­:

Espera. Toma un duro y tráeme un vaso de vino. Pero nunca vi a nadie que le hiciese caso.

 

Decidí probar yo mismo y un día me detuve delante de ella esperando su mandato. Me sonrió y al hacerlo sus ojos tenían tal resplandor que no dejaban ver su color. Se inclinó hacia el carrito que siempre la acompañaba y extrajo una hermosa copa de cristal tallado al tiempo que me decía:

  Te esperaba a ti, Jaime. Toma un duro y tráeme un vaso de vino.

 

Me extrañó que conociese mi nombre, pero más raro me pareció que entre sus pertenencias guardase un objeto tan frágil y precioso como aquella copa. Me apresuré hasta un bar de las inmediaciones y, cuando volví, Rosa aún sonreía, me dio las gracias y se quedó allí con la copa entre sus manos, sin beberla.

 

Muchas veces más hice lo mismo, y ella decía y hacía el mismo ritual, sin quitar ni poner una palabra o un gesto más.

 

Yo era huérfano desde muy niño y vivía con mi abuela en la calle Churruca, en ese momento poco menos que una calleja oscura que nacía en la plaza de Portugal y moría en la calle Cervantes, muy céntrica, eso sí, y también muy próxima al lugar en que Rosa se aposentaba cada día. Para mí, mi abuela era mamá Pancha, quien me había criado desde que mis padres faltaron y a la que me sentía muy unido. Vivíamos con mucha modestia en un pequeño piso destartalado y antiguo en un edificio que se había vendido recientemente, razón por la que teníamos que abandonar la vivienda a principios de enero del año que pronto empezaría.

 

Mamá Pancha trabajaba en casa, cumpliendo con los encargos que le hacía "El Revendible", un viejo negocio tan desvencijado como nuestra casa. Su trabajo consistía, principalmente, en forrar botones con tela o piel, hacer cinturones a medida y a juego con alguna prenda, poner cremalleras y broches automáticos, y cosas así. Su sueldo era tan pequeño como el piso, así que al cumplir yo 16 años empecé a trabajar como ayudante de camarero en el cercano Café Goya de la calle Urzáiz. De esta manera completaba nuestros escasos ingresos y nos daba para ir tirando.

 

Yo sé que mamá Pancha no me quería preocupar con el problema que se nos planteaba al tener que abandonar la vivienda, pero yo era muy consciente de la situación y muchas veces la oía llorar por las noches, o la sorprendía al lado de una ventana con la mirada perdida. Me veía capaz de poder hacer algo al respecto, pero para eso necesitaba estudiar y obtener un trabajo mejor. Eso no sabía cómo afrontarlo pues para todo hace falta dinero, algo de lo que nosotros carecíamos.

 

Ese año, antes de darnos cuenta, ya estábamos a las puertas de la Navidad. En los días previos a las fiestas casi no vi a Rosa pues había mucho trajín en el Café y salía tarde de trabajar, tanto, que ella ya se había ido. Nunca supe dónde pasaba las noches, de la misma manera que nunca la vi llegar, y nunca la vi partir. Todo esto acentuaba aún más su misterio.

Por fin, el martes día 20 de diciembre, la encontré en el sitio acostumbrado, aunque parecía apagada, quizás enferma de tanto frío y soledad, como si estuviese perdiendo aquel resplandor que siempre le había visto bajo su piel de intemperies. Al día siguiente la encontré muy desmejorada y el 22 y 23 no la vi. Pensé  en lo peor.

 

Mamá Pancha también conocía a Rosa ya que, a veces, al volver del mercado, le dejaba algo de fruta y pan. Aunque hay que resaltar que Rosa no pedía nada, no era una mendiga. Esa noche, hablando sobre ella y su infortunio, ambos pensamos que dentro de las carencias con que vivíamos teníamos mejor suerte que ella.

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© María Villar Portas
 
 
 

 
 
- CUENTO DE NAVIDAD - (II)
 
El día 24 de diciembre todos los empleados del Café salimos mucho más temprano de trabajar para poder celebrar la Nochebuena con nuestras familias.
 
Mientras descendía por República Argentina, miré hacia el lugar dónde Rosa se ponía y me llevé una grata sorpresa al verla de nuevo en su lugar habitual. Tanta fue mi alegría que eché a correr para decírselo a mamá Pancha, pues sabía que se alegraría conmigo. Pero hubo algo más que iba  a cambiarnos la vida para siempre.
Mamá Pancha me tomó las manos entre las suyas, y no sin cierta solemnidad, me dijo que fuese a buscar a Rosa para invitarla a pasar la Nochebuena y la Navidad con nosotros. Yo no pude ni contestar, tan sólo abracé a mi abuela y salí volando escaleras abajo antes de que Rosa desapareciera.
 
Cuando llegué a su lado comprobé que tenía mejor aspecto que la última vez que la había visto. Atropelladamente le dije que me acompañase pues mi abuela y yo queríamos cenar con ella. Rosa se echó a reír y me pareció  una risa de niña, un cantar de manantial. La ayudé con su carrito y echamos a andar. Atónito pude ver cómo ella se transformaba y a cada paso su andar era más ágil, incluso, su aspecto era más joven.
 
Al llegar a casa mi abuela la hizo pasar a un pequeño dormitorio, que en algunas ocasiones había hecho las veces de almacén para las cosas de su trabajo, pero que ahora se hallaba en perfecto orden. Le indicó dónde estaba el cuarto de baño, por si quería usarlo, y le hizo saber que esa noche dormiría en nuestra casa, que la considerara suya también.
 
Mamá Pancha había cocinado un menú especial, dentro de nuestras posibilidades, y también había puesto adornos en la mesa. Una vez que todo estuvo listo, me mandó que avisase a Rosa para que se sentase en el lugar de honor.
 
Al abrirse la puerta del dormitorio mamá Pancha y yo nos agarramos de las manos presas del asombro. Ante nosotros Rosa había florecido y aparecía vestida como un ángel, todo su ser irradiaba la misma luz que yo había visto en sus ojos. Nada había en ella que recordase a la mujer que habitualmente estaba en la calle.
 
Cenamos casi en silencio, sobrecogidos por la presencia de aquel prodigio sobrenatural, mamá Pancha y yo intercambiábamos miradas entre asustados y contentos mientras Rosa sólo nos sonreía y nos hacía sonreír también.
 
Finalizada la cena Rosa nos abrazó y, al instante, una inmensa sensación de paz nos invadió, como si nada malo pudiese ocurrirnos. Nuestra invitada se retiró a su habitación y yo me quedé para ayudar a mamá Pancha a recoger la mesa y lavar los platos.
 
A las doce de la noche en punto se fue la luz, algo habitual por aquel entonces durante los inviernos, no nos llamó la atención. A tientas mi abuela buscó unas velas en el aparador del comedor. Encendió tres: una para mí, otra para ella, y la tercera para Rosa. Al dirigirnos a su habitación vimos un resplandor titilante por debajo de la puerta y pensamos que ella ya tenía una vela, o quizás una linterna, pues supusimos que normalmente se  alumbraría así dónde quiera que acostumbrase a pasar las noches.
 
Por la mañana, día de Navidad, mamá Pancha fue temprano a despertarme para darme su regalo, unas zapatillas de paño bien calentitas. De inmediato me las calcé y corrí al armario para buscar el regalo que le había comprado con mis pocos ahorros, unos sencillos guantes de lana que le protegiesen sus pequeñas manos.
 
De repente, me di cuenta de que no teníamos un regalo para Rosa, pero mamá Pancha me tranquilizo al decirme que ella había estado tejiendo una bufanda para ella, aún antes de pensar en invitarla aquella noche. Así que los dos juntos nos acercamos a la puerta detrás de la cual suponíamos que Rosa dormía aún.
 
Sin embargo, nos encontramos con la puerta entornada y mucho silencio. Mamá Pancha llamó muy suavemente con los nudillos a la vez que pronunciaba su  nombre. No obtuvimos respuesta y llamamos más fuerte con el mismo resultado. Con miedo, nos decidimos a abrir la puerta sin saber lo que podíamos encontrar.
 
Ni rastro de Rosa. Encima de la mesilla de noche una hermosa vela ardía sin consumirse. Sobre la cama sin deshacer, sobre los muebles y esparcidos por el suelo miles de pétalos de fragantes rosas lo invadían todo. Sobre ellos y en medio de la colcha destacaba la presencia de aquella preciosa copa de cristal tallado que tantas veces había visto y otras tantas había transportado vino en su interior. Esta vez la copa contenía un sobre dirigido a mamá Pancha y a mí. Dentro había un papel con una sola frase: "Toda persona merece un sueño cumplido" y un décimo de la lotería del sorteo extraordinario de Navidad que se había celebrado hacía unos días. El número era el 34.571.
Al unísono empezamos a reír y llorar, a temblar, pues en ese número había recaído el primer premio, el gordo de ese año que se cantó en todas las radios del país y había aparecido en todos los periódicos. No podíamos dar crédito a que uno de esos décimos estuviese en nuestras manos. Incrédulos nos frotábamos los ojos y nos abrazábamos.
 
Antes de hacer ninguna otra cosa salimos en busca de Rosa, preguntamos por ella, por si alguien la había visto o sabía dónde estaba. No la hallamos, ni ese día ni los siguientes. Parecía que nunca hubiese existido, o como si nosotros fuésemos los únicos que la hubiésemos visto y conocido.
 
Aquel regalo de Rosa permitió que mamá Pancha y yo nos estableciésemos en un piso propio en la misma zona en la que siempre habíamos vivido, por si algún día Rosa volvía nos pudiese encontrar, y nosotros a ella.
 
Yo pude estudiar, y mi sueño de tener mi propio negocio se cumplió. Cuidé siempre de mamá Pancha, que me dejó demasiado pronto, y aún, al final de sus días, recordaba con inmensa gratitud y emoción a aquel ángel que pasó por nuestras vidas una Navidad con olor a rosas.
 
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© María Villar Portas
 
 

 
 

 

 

 

 

viernes, 12 de diciembre de 2014

COLABORACIÓN EN LA REVISTA ESPACIO LUKE Nº 161- NOVIEMBRE-DICIEMBRE / POEMAS


Queridas amistades os invito a que leáis una nueva colaboración en la REVISTA ESPACIO LUKE, la nº 161 correspondiente a los meses de Noviembre-Diciembre. Espero que os guste.



http://www.espacioluke.com/2014/Noviembre2014/villar.html



                                                  
                                                        © Imagen María Villar Portas






sábado, 6 de diciembre de 2014

MODIFICACIONES EN ROJO / XXII


-XXII-

 

Una idea que anochece pronto, se convierte en sueño ausente sobre el que el silencio se desploma y seca un atisbo de luz.

Ahí, en lo invisible, sucede todo.

No hay nadie que pose su pupila en esos minutos que vuelan acariciando la piel de las cosas. No hay gente que tome el relevo del palpitar de un nuevo día en otro. Estamos solos. Capaces de percibir la evanescencia del humo. No tenemos remedio. Nos atrae lo inútil...tan necesario como escribir palabras en la vorágine de un río.

En las tardes, encendidas a medias, hay siempre un pensamiento vestido de corazón, que quiere mediar entre cuerpos que desnudan soledades envueltas en campanillas. Alguna vez lo consigue, a fuerza de dejar alguna frase inacabada alrededor del fuego, dando a entender la existencia de un sentimiento que conoce todos los murmullos del amor.

Mientras no llega de nuevo la visión de un acuerdo entre sol y primaveras, me paseo en un invierno que, aún no llegado, ya me cansa. Busco la nada entre esos valles de suspiros que agonizan entre hojas caídas y hasta su ruido  sobra. Tan grande es la electricidad de mi sangre que su propio sonido me basta.

No soy dócil ante esas envolturas sedosas que maneja la esperanza. No. Sé que a mi alma le conviene salir por los poros del viento para encontrar lo que está más allá, y aún más, de lo que ve la simple mirada.

Así, aunque alguna lágrima pierda en el camino, podré escuchar el rumor que esconde el brillo del horizonte.

 

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© María Villar Portas

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